Aunque solamente tuvimos la oportunidad de recorrer un trozo pequeñísimo de una ruta del Camino de Santiago, ha sido una experiencia que nunca olvidaré. Al principio del primer día estaba un poco preocupada, pues estaba lloviznando y casi nos perdemos a causa de la escasez de flechas amarillas. Sin embargo, con el paso de las horas, todo nos iba bien. Me gustó muchísimo la Catedral de Santo Domingo de la Calzada; pudimos ver una gran cantidad de símbolos religiosos y cosas que todavía tienen importancia para los peregrinos. La Catedral tiene una colección amplia de cuadros, cálices, y estatuas religiosas. El sótano también es un santuario impresionante. Esta catedral tiene un par de gallos que, según la leyenda, tienen que cantar al peregrino para que tenga buena suerte durante el Camino. Tras un par de minutos de silencio, no creía que fuésemos a tener suerte, pero al final nos cantaron-varias veces. (La verdad es que se emocionaron porque vieron al hombre que venía a darles de comer, pero quedamos en que eso valía.) Gracias a los gallos, tuvimos la bendición de buen tiempo durante el resto del viaje.
Al salir de la Catedral, todos empezamos a caminar a velocidades distintas. Llegué a formar un grupito con Nicole y Christina, y me eran muy buena compañía. La primera vez que paramos a comer, fuimos a un pueblo donde había muy pocos bares. Entramos en uno que parecía la cocina de una casa; había mucho humo y un par de hombres viendo un partido de fútbol en la tele. La dueña del bar me recordaba a una madre, ¡pero cariñosísima! Nos trató muy bien y no nos cobró casi nada aunque comimos hasta ponernos moradas. Seguimos caminando después, muy contentas, aunque todo el tiempo nos preguntábamos si iba a haber más peregrinos. (¡No veíamos a nadie menos nuestros compañeros de clase!)
Llegamos al primer albergue en Belorado, un lugar seco y cómodo (antes de que apagasen la calefacción por la noche, claro). Fuimos a comer casi todos de la clase en un restaurante al lado, donde nos trataron muy bien y no nos cobraron el vino que bebimos. He notado que la diferencia entre la gente de los pueblos pequeños en el norte de España y los habitantes de Madrid es asombrosa. No quiero decir que sean fríos los madrileños, pero se nota en el comportamiento de los peregrinos (y la gente que vive alrededor del Camino) que la mentalidad es distinta. Me ha gustado mucho ser tratada de una manera tan...estimada, además de conocer a tanta gente interesante y bondadosa.
Durante las partes del Camino que realizamos al lado de la carretera, nos fijamos mucho en los camioneros que nos pitaban. Al principio, no sabíamos si debíamos sentirnos ofendidas como suele pasar con los conductores groseros en los Estados Unidos, pero llegamos a descubrir que un pitido es como una "ultrella" non-verbal (si así se dice...). Así que es una costumbre, o un gesto animador dirigido a los peregrinos por parte de los conductores en la autovía. Igual que los peregrinos se saludan entre sí cuando se ven en el Camino, la gente que les mira desde lejos también les anima y respeta. Siente muy bien recibir algún tipo de reconocimiento por hacer un esfuerzo tan grande, aunque sea sólo un pitido o "¡Buen Camino!".
El día siguiente fue mi cumpleaños. ¡Qué día más bueno e inolvidable! Aunque no había dormido nada la noche anterior, me encontré con un poco de energía al levantarme. Tras mucha fruta y una taza de Cola Cao en la única cafetería de la plaza que estaba abierta, decidí ignorar el dolor de la cabeza y animarme a hacer el Camino con una gran sonrisa. Hacía muy buen día; había sol y pocas nubes. Durante el desayuno, conocimos a Carlos, un hombre de Barcelona que también estaba haciendo el Camino (ruta Roncesvalles). Tenía problemas con el tobillo, así que iba de un ritmo bastante despacio (como nosotras) y nos servía de muy buen guía y compañía. ¡Por fin encontramos a algún compañero español! Cuando le preguntamos cuáles eran sus motivos por hacer el Camino, nos respondió, "Pues hace poco que me despidieron de mi trabajo...y aquí estoy." Como dije en la entrada anterior, no importan los motivos ni las razones de los peregrinos por hacer este viaje; somos todos peregrinos y todos unidos por un destino final. Somos iguales en la idea de que estamos atravesando la tierra e yendo al mismo sitio, conociendo a buenos amigos durante la ruta. Es una actividad que encuentro muy unificadora. Jamás he conocido a un hombre tan simpático como Carlos, y seguro que será un amigo para toda la vida. (A ver si se pone en contacto con nosotras cuando termine el Camino este mes.)
Por la tarde llegamos a San Juan de Ortega, un pueblo pequeñísimo que tiene menos de treinta habitantes. Hay dos palabras que resumen muy bien nuestra experiencia en este sitio: Qué Frío. Gracias a Dios que me había duchado la noche anterior en el albergue que tenía algo de agua caliente, porque no pensaba mojarme. Después de subir para guardar nuestras cosas, fuimos todos al bar que está al lado del albergue con el fin de calentarnos un rato (o sea, toda la noche). Allí conversamos con otros peregrinos; había muchos y todos eran de partes distintas. Conocimos a un gaditano mayor, Julio; una mujer de Madrid; un chico de Italia; un chico de Carolina del Norte; un chico (Dan) de Canadá; y una mujer australiana cuya madre era española. Fue una mezcla interesantísima y genial; nos divertimos mucho charlando, bebiendo, y cenando con aquella gente. Cuando era hora de acostarnos, todos pasamos un frío insoportable que no nos dejó dormir casi nada. Me puse cada prenda de ropa que tenía conmigo (el abrigo incluido) para poder dormirme, pero al final todos nos despertamos viendo la respiración en el aire. El día siguiente fuimos a Burgos en autobús para ver la Catedral y la ciudad. La Catedral es una maravilla; en mi opinión es la más preciosa que hay en todo el país. (Menos mal que ya la había visto hace dos años con una guía turística, pues apenas podía pensar por el frío que sentía a causa de las zapatillas que no se me secaron.) En fin, a pesar de casi morirme de hipotermia, el Camino de Santiago fue una experiencia que mereció la pena sin duda. Me ha encantado poder conocer a otras personas durante el Camino, un aspecto crucial al proceso de peregrinar. Además de eso, ya puedo decir que entiendo un poco mejor lo que significa ser peregrino y la importancia de la historia de la cristiandad en España. Si tuviese la oportunidad de volver a hacer el Camino, lo haría sin pensarlo dos veces (pero en mayo, quizás). Como muchos compañeros míos, tengo ganas de llegar al final y ver la Catedral de Santiago de Compostela algún día.